Es extraño como funciona la vida.
Un día parece iluminado, vivaz. Un amigo te confiesa que un consejo tuyo le ha sido verdaderamente importante para tomar una decisión en su vida. Un regreso a casa en bicicleta gozando de una puesta de sol, sin ningún otro sonido que el de los bujes de las ruedas al dejar de pedalear. Un cálido abrazo esperándote al llegar a casa, un beso dulcificado por unos ojos cerrados. El placer de saborear el chocolate después de haber hecho deporte. Sin culpabilidad. Es casi armónico.
El siguiente día es difícil, parece incoherente. La noticia de que a tu perro le han encontrado cancer. Catorce años suman demasiadas caricias para obligarte a reflexionar que es solamente una mascota. Mal año para volver a sufrir la pérdida de otro miembro de la familia. Otra vez no. El día es largo, sombrio. Los ojos sufren la ausencia de parpadeo delante del monitor. Más aún cuando se ve
sin mirar. Al terminar, el día no mejora. De vuelta a casa es el coche. Ya es tarde. Consigues llegar a casa pidiendo un favor.
Los días afortunados ayudan a olvidar los tristes. Los días tristes te ayudan a valorar los afortunados.
No puedo dormir.
Acerco mi oido a su pecho. Siento su pulso. Es el ritmo de la vida. Cierro los ojos... suena el despertador.