sábado, 23 de febrero de 2013

Me siento tu barco. Mi vida es tu playa


Oh Capitán, mi capitán
Walt Whitman

Oh Capitán, mi Capitán:
nuestro azaroso viaje ha terminado.
Al fin venció la nave y el premio fue ganado.
Ya el puerto se halla próximo,
ya se oye la campana
y ver se puede el pueblo entre vítores, con la mirada sigue la nao soberana.

Mas ¿no ves, corazón, oh corazón,
como los hilos rojos van rodando
sobre el puente en el cual mi Capitán
permanece extendido, helado y muerto?

Oh Capitán, mi Capitán:
levántate aguerrido y escucha cual te llaman
tropeles de campanas.
Por ti se izan banderas y los clarines claman.
Son para ti los ramos, las coronas, las cintas.
Por ti la multitud se arremolina,
por ti llora, por ti su alma llamea
y la mirada ansiosa, con verte, se recrea.

Oh Capitán, ¡mi Padre amado!
Voy mi brazo a poner sobre tu cuello.
Es sólo una ilusión que en este puente
te encuentres extendido, helado y muerto.

Mi Capitán no responde.
Sus labios no se mueven.
Está pálido, pálido. Casi sin pulso, inerte.
No puede ya animarle mi ansioso brazo fuerte.
Anclada está la nave: su ruta ha concluido.
Feliz entra en el puerto de vuelta de su viaje.
La nave ya ha vencido la furia del oleaje.

Oh playas, alegraos; sonad, claras campanas
en tanto que camino con paso triste, incierto,
por el puente está mi Capitán
para siempre extendido, helado y muerto.

jueves, 7 de febrero de 2013

La rosa


La rosa estaba sola en medio del jardín.
Allí había otras flores. Unas regadas por el sol y otras no.

En realidad casi no podía verla. Un arbusto de hojas granates bailaba con el viento y hora me la ocultaba hora me dejaba verla. No había ritmo ni guión. Aquel dichoso arbusto se interponía y yo no podía saber cuando o por cuanto podría verla.

Buscando un mejor ángulo caí en la cuenta. Aquel arbusto y yo teníamos algo en común. El viento venía y sí, le acariciaba y le llevaba de aquí allá. Pero no a su voluntad. Es probable que el también estuviera cansado de tanto agitarse. Ambos querríamos descansar. O no, no lo sé. Pero el viento tampoco preguntó. Por lo menos a oidos de un humano. Quizás el viento se lo pidió muy bajito y yo no lo oí desde la terraza.

Pero buscando un amigo donde descansar mi cabeza, yo veía a ese arbusto a mi lado. Ambos parados, descansando erguidos. Esperando la brisa del viento. Vendrá por la diestra o la siniestra. Por delante o detrás. Esperando blandirnos y disfrutar de su caricia. El tiempo que dure. Tratando de no rompernos. De no quebrarnos mientras jugamos con él. Caprichoso, el viento. Cuánto te ayuda siendo aliado. Cuánto te frena cuando vas en su contra. Incluso peor cuando está caprichoso y te lleva y te trae, desde aquí y hasta allá.

Aquella rosa. Tan importante y principal. Tan presente para hablar del resto del jardín.

domingo, 27 de enero de 2013

El lapicero


Cojo el cuaderno otra vez. Preparo la silla, elijo el mismo lapicero que la última vez.

Es un portaminas. Es precioso, la creme de la creme de su tipo. Gris metal y potente al tacto. Sus minas preparadas para firmar grandes cartas, importantes memorandums. Pero soy yo haciéndole acariciar mi cuaderno. Son mis deseos mundanos. Mis terrores y mis deseos. Mis fantasmas y mis esperanzas. Liderando como las cuadrigas el carro de mi mas honesto deseo de volver a respirar tranquilo.

Un lapiz es mucho mejor aliado que un bolígrafo. Puedes pensar y escribir. Puedes borrar y volver a pensar. Puedes dejar pasar un tiempo y borrar también. Yo no suelo hacerlo. En parte porque no hay grafito en la memoria. Uno sabe lo que escribió y sabe lo que borró, o debería saberlo. Es bueno escribir todo lo que uno piensa. El lapiz es un buen amigo. Te dice lo que quieres saber, pero quizás no quieres oir.

Respiro profundo. Intento escribir lo que pensé ayer, lo de hace tres años. Lo que me callé hace un mes, lo que grité en silencio y me olvidé de escuchar. Aquello, ésto que tragué temblando por aguantar.

Son jodidos el cuerpo y la mente y difíciles de domesticar.