domingo, 27 de enero de 2013

El lapicero


Cojo el cuaderno otra vez. Preparo la silla, elijo el mismo lapicero que la última vez.

Es un portaminas. Es precioso, la creme de la creme de su tipo. Gris metal y potente al tacto. Sus minas preparadas para firmar grandes cartas, importantes memorandums. Pero soy yo haciéndole acariciar mi cuaderno. Son mis deseos mundanos. Mis terrores y mis deseos. Mis fantasmas y mis esperanzas. Liderando como las cuadrigas el carro de mi mas honesto deseo de volver a respirar tranquilo.

Un lapiz es mucho mejor aliado que un bolígrafo. Puedes pensar y escribir. Puedes borrar y volver a pensar. Puedes dejar pasar un tiempo y borrar también. Yo no suelo hacerlo. En parte porque no hay grafito en la memoria. Uno sabe lo que escribió y sabe lo que borró, o debería saberlo. Es bueno escribir todo lo que uno piensa. El lapiz es un buen amigo. Te dice lo que quieres saber, pero quizás no quieres oir.

Respiro profundo. Intento escribir lo que pensé ayer, lo de hace tres años. Lo que me callé hace un mes, lo que grité en silencio y me olvidé de escuchar. Aquello, ésto que tragué temblando por aguantar.

Son jodidos el cuerpo y la mente y difíciles de domesticar.