martes, 22 de mayo de 2007

Premonición

Cierro los ojos después de un día duro. El cansancio esta empezando a hacer mella. La vida es enrevesada. Se empeña en ponernos a prueba.

De repente me acuerdo de hace muchos, muchos años. Me veo a mi mismo en monocromo sujetando la camilla por un lado. Ahora a la izquierda, ¡no! vuelve a la derecha... ¡fuego! ¡fuego!


Joder, que premonición.

Esta bien echar una partidita de vez en cuando pero, parece que alguien siempre se empeñe en darnos al game b.

P.D.: Para curar la melancolía GWFire22.zip [.HCC. ~Software~]

jueves, 17 de mayo de 2007

El viejo y el wok

Las dos cosas que mejor hacía el viejo eran, por un lado, poner todo su cariño al cocinar. Por otro, su otra gran especialidad, decidir cuál de sus diferentes salsas correspondía mejor a su comensal.


El viejo brindaba sus clases de psicología culinaria en un moderno restaurante oriental del centro. Cliente tras cliente repetía el ritual. Cocía cuidadosamente durante unos segundos los ingredientes elegidos, para después asustarlos con la vivacidad del wok.

El encanto, y la fascinación con la que el viejo disfrutaba de su labor, venía en la elección de la salsa que acompañaba a los ingredientes.

- ¿Salsa Tokyo?
- ¿Cómo? - respondió ella sorprendida por el convencimiento que inspiraba el cocinero.
- ¿Quiere salsa tokyo con sus ingredientes?, es una especie de salsa agridulce. - aclaró con tono respetuoso al dirigirse a la joven. Señaló al cartel a su espalda y decidió ampliar la información: puede elegir entre todas estas.

Ella
leyó:

Salsa Tokyo
Salsa curry
Salsa Kong bao (picante)
Salsa de ostras
Salsa de la casa
Salsa Sacha


Demasiada información. Ella tan solo quería comer algo tranquilamente, sin necesidad de tomar mas decisiones. Algo agradable al paladar, sin sobresaltos. El fin de semana ya había sido suficiente movido como para continuar así durante la semana.

- Algo agradable al paladar - La expresión le sorprendió, era como si el viejo lo hubiera leído en su mente. Siguió hablando. Tiene un sabor agridulce. Hizo una pausa. Algo como aceptar la vida en sus vertientes, la que nos mima y la que nos agita.
- pues, me parece bien. Ponga me esa.


Ella mostró una media sonrisa de complicidad y de agradecimiento. Como si estuviera buscando un poco de comprensión y cobijo en aquella observación.

El viejo continuó con su ritual. La cuchara de acero inoxidable mezclando los ingredientes con la salsa. Poco a poco. Girando con la ayuda de la rotación de la tierra. Coriolis y el viejo actuando con curiosa complicidad.

Dejando que terminara el wok, el viejo empezó a atender al siguiente cliente. Cuando ella fue consciente se echó un poco a un lado.

El
dio un paso adelante. El viejo le miró.

- ¿Salsa Kong bao?. Adelantó el viejo.
- Estaba pensando en pedir la salsa Tokyo. - En cierta manera intentando captar la atención de ella.
- La salsa Kong bao es algo picante. Creo que disfrutará mucho de ella, si me permite la sugerencia. Recomendó el viejo avalado por su fascinación de vincular clientes con sus certeras salsas.
- eh, pues bien. La verdad es que me apetece probar algo nuevo. - Respondió el sinceramente.

En ese momento ella le miró. Una mirada cómplice. El empezó a sentir terror. Su cuerpo parecía empezar a segregar sin permiso. Sólo esperaba no sentir ninguna gota acariciando su nuca. Sería el fin.

El tardó en sonreír, menos mal que alguna neurona autónoma inició el impulso eléctrico que acabó en su boca. Ni siquiera fue consciente de hacerlo hasta que ella volvió a mirar hacia el viejo.

Las llamas seguían golpeando ferozmente al wok cuando el plato terminó de hacerse. Cual músico, el viejo terminó de pintar sus notas en ambas partituras y las entregó a sus dueños.

Una vez ambos tuvieron sus platos ella se volvió a el.

- ¿te apetece que comamos juntos?
- si, me encantaría - respondió el con premura.

El viejo sonrió de felicidad. Parecía que esta vez, había surgido el súmmum de las intuiciones. Parecía que dos almas extrañas se habían encontrado para descubrir lo tanto en común que extrañaban.

En realidad lo que mejor conservaba el viejo era la vista.

Cuando dos clientes vienen tan a menudo y no dejan de mirarse, a veces sólo necesitan un empujoncito.