La rosa estaba sola en medio del jardín.
Allí había otras flores. Unas regadas por el sol y otras no.
En realidad casi no podía verla. Un arbusto de hojas granates bailaba con el viento y hora me la ocultaba hora me dejaba verla. No había ritmo ni guión. Aquel dichoso arbusto se interponía y yo no podía saber cuando o por cuanto podría verla.
Buscando un mejor ángulo caí en la cuenta. Aquel arbusto y yo teníamos algo en común. El viento venía y sí, le acariciaba y le llevaba de aquí allá. Pero no a su voluntad. Es probable que el también estuviera cansado de tanto agitarse. Ambos querríamos descansar. O no, no lo sé. Pero el viento tampoco preguntó. Por lo menos a oidos de un humano. Quizás el viento se lo pidió muy bajito y yo no lo oí desde la terraza.
Pero buscando un amigo donde descansar mi cabeza, yo veía a ese arbusto a mi lado. Ambos parados, descansando erguidos. Esperando la brisa del viento. Vendrá por la diestra o la siniestra. Por delante o detrás. Esperando blandirnos y disfrutar de su caricia. El tiempo que dure. Tratando de no rompernos. De no quebrarnos mientras jugamos con él. Caprichoso, el viento. Cuánto te ayuda siendo aliado. Cuánto te frena cuando vas en su contra. Incluso peor cuando está caprichoso y te lleva y te trae, desde aquí y hasta allá.
Aquella rosa. Tan importante y principal. Tan presente para hablar del resto del jardín.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario