lunes, 19 de diciembre de 2005

Nunca pasa aquí

Fundido en negro, comienzan los títulos de crédito. La historia ha terminado. La mitad de la pequeña sala de cine permanece inmóvil. No en vano sabes que es una de esas salas en las que pasan de ésas que están fuera del circuito. De las que va gente a las que les gusta difrutar de los títulos de crédito. Pero sabes que hoy esa no es la razón.

Tu mente lucha internamente con el corazón. El silencio empieza a incomodar, el silencio de las palabras. La boca va de por libre, suelta un 'es buenísima'. Se repite el silencio. Otra boca autónoma se atreve con un 'la música me ha encantado'. Sales del cine hablando de la canción de los títulos, de David Byrne y su extraña radio en internet.

Acabas en un garito de esos que hay que llamar a la puerta y ponen jazz. Ese rollo te gusta. Al mismo tiempo te tranquiliza y te hace sentir distinto. Te ayuda a evadirte. Pides una copa y disfrutas de la velada.

Eso nunca pasa aquí.

Hace poco intentaba convencer a una amiga de Polonia que aquí había tipos que pensaban que el holocausto judio era pura inventiva. Algún tipo de ministerio de la verdad se habría estado inventando una nueva guerra contra Eurasia.

La película sigue en tu cabeza. Es demasiado real para obviarla. Parece que con Kosovo no va a poder ocurrir lo mismo. Almacenes enteros con cintas de entrevistas a personas que han conseguido sobrevivir a aquello. También había cámaras entonces pero el blanco y negro siempre ha sugerido ese jodido punto distante. Pero allí están todas, en un auténtico pal color y preparadas para el método Ludovico.

Mientras, el resto disfrutamos hablando de música, golpeando puertas de garitos e intentándo autoadministrarnos el método en los cines. Al fin y al cabo la película era buenísima. Hace pensar.

Eso nunca pasa aquí.

La vida sigue, la historia se repite.
Las historias se repiten.

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